Servus, griaß di! Habe die Ehre

Hace nueve años y medio aterricé en Innsbruck, llena de ilusión, y feliz de cumplir un sueño que tenía desde que era pequeña.

Fue con seis años cuando, por primera vez, en una revista que encontré en el hotel donde me alojaba, vi las casas de colores a la orilla del río Eno, con una majestuosa cordillera nevada al fondo. En mi mini yo de seis años se produjo tal explosión de dicha, que marcaría el resto de mi vida.

Corría la Semana Santa del año 1994 cuando mis padres decidieron iniciarse en el que se ha convertido el deporte de mi vida: el esquí. Viajamos hasta El Pas de la Casa (Andorra) para descubrir esta cultura, completamente nueva para nosotros. Recuerdo quedarme fascinada al ver por primera vez semejantes montañas, enormes, escarpadas, picudas, blancas… No puedo describir con palabras la ducha de sentimientos que me cayó aquel día; solo sé que lo recuerdo a la perfección, veintisiete años después. Fue un cúmulo de vastas sensaciones difíciles de gestionar para una niña tan pequeña, así que las grabé a fuego en mi corazón. Desde la nieve, la sensación de velocidad sobre los esquís, la gente, los paisajes que quitaban el hipo, las casitas de piedra con tejados de pizarra, la primavera llamando a la puerta… y una revista que, por cosa del azar, decidí ojear. Y allí estaba la foto que cambiaría mi vida.

Cuando regresamos a casa (Teruel, España), decidí por inercia que yo de mayor quería vivir allí, en la capital de los Alpes. Toda mi vida, a pesar de los obstáculos del mal destino, he ido encaminada a ello. No sabía qué pasaría al llegar, pero yo lo tenía muy claro. Así que, cuando tuve que decidir qué estudiar, elegí filología alemana y, posteriormente, traducción. Me mudé a Barcelona, ciudad de las mil maravillas, donde además de ser inmensamente feliz, me gradué, me licencié y me marché con mucho dolor, pero también cargada de ilusiones.

Hace nueve años y medio que vivo en el paraíso terrenal. Y todo por una foto en una revista, sobre una mesa de madera, en un hotel de piedra y techo de pizarra, en un país repleto de sobrecogedoras montañas, en el maravilloso mundo de una niña de seis años, que marcó su destino y su esencia.